Nueva Alianza y la candidatura común

DEL REPORTERO

El partido Nueva Alianza vive en Puebla una encrucijada.

Es conocida su vinculación y buena relación con el morenovallismo, pero sus aliados del PRI le exigen que en el estado lance en la modalidad de “candidatura común” a Enrique Doger.

De acuerdo a la ley “el periodo correspondiente al registro de candidaturas, mismo que se realizará del 05 al 11 de marzo de 2018, para la elección a la Gubernatura, diputaciones y miembros de los ayuntamientos”.

La posibilidad de integrar una coalición como la que respalda a José Antonio Meade se agotó por los tiempos establecidos legalmente, pero la posibilidad de ir juntos la negocian PRI y PANAL.

“Corresponde exclusivamente a los partidos políticos el derecho de solicitar el registro de

candidaturas comunes a los diversos cargos de elección popular, por lo que no podrán formar parte

de una candidatura común las candidaturas independientes.

“Los partidos políticos que postulen candidaturas comunes no podrán postular en la demarcación donde así lo hagan candidatos o candidatas propias ni de otros partidos políticos para la elección en la que acordaron la candidatura en común (Artículo 58 Bis, onceavo párrafo del CIPEEP)”.

En corto los maestros poblanos no rechazan abiertamente postular a Doger, pero tienen el problema de su alianza de facto con el PAN.

El asunto se dirime nacionalmente y están metiendo en brazo los operadores del PRI y el gobierno federal para que así suceda. Los votos que ofrecen los maestros no son más del 4 por ciento, pero cuentan con la estructura territorial más extensa en la entidad, por ello la necesidad de sumarlos formal e informalmente.

Mientras en el panismo preocupa la posibilidad de que el PANAL acepte llevar como candidato común a Doger, en el PRI hay optimismo.

Lo que suceda no garantiza la victoria a quien logre su objetivo, pero será un golpe severo en las aspiraciones de cualquiera de los dos aspirantes.

La moneda está en el aire.

 

De las anécdotas que se cuentan

Aquella tarde del otoño de 2010, el gobernador Mario Marín recibió en su oficina de Casa Puebla al candidato derrotado a sucederlo, Javier López Zavala.

La camaradería acostumbrada privó por su ausencia.

Sentado detrás de su escritorio lo recibió y no le estrecho la mano a su Delfín y leal colaborador.

Le ordenó que se sentara y empezó la perorata.

Palabras más, palabras menos le echó en cara y lo culpó de la dolorosa derrota.

Lo responsabilizó de todos los errores en la campaña, la fallida implementación de la estrategia, el equipo, los candidatos, el fracaso de acción electoral que le diera más votos, la falta de control sobre la estructura territorial de los priistas, todo fue responsabilidad de López Zavala, incluso le reclamó que no haya bajado de peso, como le sugirieron los estrategas de marketing.

Javier, su entrañable colaborador chiapaneco desde la secretaría de Gobernación, su exjefe de Gabinete, su titular de Desarrollo Social, el hombre que eligió para ocupar Casa Puebla en su proyecto transexenal, estaba ahí, sumido en la silla escuchando estupefacto a su anterior jefe.

Cuando pudo, tomó la palabra y dejo de ser “Zavalita”, no lo tuteó más y lo trató de “señor gobernador”.

Su respuesta su tajante: “la derrota no es sólo mía, es de usted, porque fue usted quien eligió candidatos, implemento la campaña y el responsable de todas las decisiones que se tomaron. Yo seguí sus instrucciones”.

El silencio dominó la escena.

López Zavala se levantó y abandonó el lugar sin despedirse.

La derrota es huérfana, el fracasó, como una etiqueta, acompaña desde entonces al marinismo.

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